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EL MITO DEL DIRECTOR BRILLANTE

  • Foto del escritor: José Navalpotro
    José Navalpotro
  • hace 12 minutos
  • 3 Min. de lectura

Iniciamos la segunda parte de este curso académico 2025/2026. 


Los directivos tenemos por delante varios asuntos en nuestras agendas: dar sentido a nuestro Proyecto Educativo, que pasa con el talento de los profesores, que futuro nos trae la IAG… todo ello lo alimento en mi nuevo libro del “ Rinoceronte Gris: Liderazgo o Colapso “, con las claves de esta nueva época educativa que nos toca vivir como directivos.


Pero si volvemos al tema del liderazgo … la narrativa tradicional suele rendirse ante la figura del director carismático, aquel cuya inteligencia parece resolver cualquier conflicto por puro instinto y cuya visión parece predestinada al éxito.  Sin embargo, y esto lo sé por mi propia vivencia y viendo el trabajo de otros directivos,  en la crudeza del día a día, ese mito se desmorona frente a una verdad mucho más rotunda: la disciplina se come al talento en el desayuno


Pues sí. Por muy brillante que sea un perfil de directivo, si no existe una estructura de hábitos que lo sostenga, su impacto se diluye a la misma velocidad con la que surge la ocurrencia. 


El estancamiento es uno de los fenómenos más frustrantes y comunes en la gestión de trampas de instituciones: el espejismo de la capacidad no ejercida. Cuando un directivo se refugia en su inteligencia para justificar la inacción, su talento deja de ser un motor para convertirse en una jaula de cristal. Es el líder que siempre tiene la respuesta correcta en la teoría, pero cuya realidad institucional sigue intacta año tras año. 


Y este asunto, se nos vuelve de frente en los tiempos que vivimos ante la pregunta, incómoda y certera de : ¿ hacia dónde llevamos nuestros proyectos escolares ? Porque lo que se percibe desde la conversación con decenas de directivos, es que mucha gente dedicada a la dirección anda a la deriva.


Esta paradoja nace de una confusión peligrosa: creer que tener una visión es equivalente a haberla alcanzado. En este estado, el análisis infinito se convierte en una forma sofisticada de procrastinación, donde el brillo intelectual sirve para camuflar el miedo al barro de la ejecución. 


La genialidad, desprovista de la humildad que exige el trabajo repetitivo y metódico, termina pesando como un lastre porque genera una desconexión total entre lo que se dice y lo que se hace. Y de lo que se hace y lo que realmente es necesario hacer.


En este escenario, el ego se alimenta de la admiración que despiertan las ideas, pero es un alimento vacío que no nutre la vida del colegio. Se produce una especie de satisfacción privada donde el directivo se siente superior por su capacidad de diagnóstico, regocijándose en su propia lucidez mientras ignora que su verdadera función no es ser el más brillante, sino ser el más útil y poner al Colegio a avanzar. 


Un talento que no se traduce en procesos, en seguimiento y en presencia diaria en la realidad del Colegio, es un talento estéril. Para el claustro de profesores, no hay nada más desmotivador que un director visionario que no pisa el suelo; para los alumnos, la brillantez de su director es irrelevante si no se manifiesta en una mejora tangible de su entorno de aprendizaje. Al final, la inteligencia sin voluntad es un acto de soberbia que olvida que la dirección escolar es, ante todo, un servicio que se valida con hechos, no con reflexiones que mueren en un despacho alrededor del equipo de dirección.


Por ello, la verdadera transformación no espera a que las condiciones sean perfectas ni se detiene a diseñar el movimiento impecable en un tablero de cristal. 


Mientras el directivo que confía únicamente en su talento se pierde en la estrategia de un plan ideal, el directivo disciplinado ya ha dado diez pasos adelante , aprendiendo de la imperfección y ajustando el rumbo en pleno movimiento. Esta capacidad de avance no depende de un escenario idílico, sino de poseer una dirección clara y un método riguroso . 


Quien tiene voluntad entiende que la dirección escolar no es un evento de iluminación, sino un proceso de persistencia donde el método actúa como el ancla que impide que la institución derive hacia el caos.  El liderazgo que perdura no es el que más deslumbra, sino el que más construye; aquel que entiende que la constancia es la única estrategia capaz de convertir una idea brillante en una cultura directiva y escolar sólida, demostrando que el paso firme y metódico siempre llegará más lejos que el salto esporádico del genio que no sabe caminar.


Así que, en tiempos complejos como los que vienen… seamos prácticos, útiles y con métodos y hábitos que desplieguen una dirección eficaz. Eso es lo único que esperan de nosotros.

Nos vemos en las redes ¡¡¡

 

"El trabajo duro vence al talento cuando el talento no trabaja duro" ( Tim Notke )

 
 
 

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